Dos de los objetivos más importantes de la política económica son la estabilidad de precios y el crecimiento del producto. El logro conjunto de estos dos objetivos puede contribuir de manera decidida al logro de otros objetivos de desarrollo, relacionados con la generación de empleos, avances en los salarios reales, una mejor distribución de los ingresos, un mejor nivel de vida de la población, entre otros.

La consecución de estos objetivos debe significar que la política económica se maneja con la prudencia necesaria, cuidando en todo momento un orden en los principales equilibrios macroeconómicos: las finanzas públicas, las cuentas externas, la deuda externa, la relación ahorro-inversión, la deuda pública, las reservas internacionales y la competitividad cambiaria, entre otros. En México, y por más de dos décadas, los fundamentos de la economía se han manejado con responsabilidad, especialmente tras la crisis económica de los años ochenta y la de 1995. La nueva administración, la de Andrés Manuel López Obrador, se ha comprometido con cuidar estos fundamentos, a fin de evitar distorsiones de la economía, que es por donde usualmente se originan las crisis económicas (nuestra experiencia del pasado es vasta). Cuidar estos equilibrios le permite al gobierno un margen de maniobra para manejar la política económica cuando el entorno se presenta adverso, por ejemplo, cuando se enfrenta un choque externo derivado de factores internacionales: una recesión mundial, un desplome de los precios de los productos básicos, una salida de capitales, entre otros.

El primer equilibrio que debe cuidar responsablemente un gobierno es el de las finanzas públicas. En México, la experiencia del pasado ha sido traumática y la lección ha sido muy clara: si se incurre en grandes déficits fiscales, las consecuencias son terribles para el país, ya que al déficit le sigue una recesión y posterior crisis económica, con las consecuencias que de ellas se derivan sobre la sociedad entera. Los episodios más críticos para las finanzas públicas lo vivimos durante los sexenios de Luis Echevarría y José López Portillo, con déficits que eran insostenibles (-11.2% del PIB en 1982 y -11.1% en 1987).

 

El segundo equilibrio que debe mantener en orden el gobierno es la deuda pública. Nuevamente, cuando el país incurrió en un excesivo endeudamiento, la consecuencia natural fue que se deterioraron las finanzas públicas y devino una crisis económica. El punto crítico de la deuda pública fue en 1986, con 61% del PIB. Hoy, esta deuda está en 45% del PIB y el compromiso oficial es no elevarlo, mientras que se incurriría en un déficit de 2.5% del PIB en el sexenio, una proporción moderada, fácilmente financiable con recursos sanos y sin que ello represente un gran factor de riesgo para el país. La deuda pública y el déficit fiscal son factores de riesgo moderados y están bajo control.

El tercer fundamental importante a mantener en orden es el desequilibrio externo (la balanza en cuenta corriente). La crisis de 1995 se generó precisamente porque en 1994 se había acumulado un déficit externo equivalente a 5.6% del PIB y venía con una tendencia creciente. La devaluación del Peso y la crisis inducida corrigieron este problema y, desde entonces, el desequilibrio ha sido moderado y las expectativas de este gobierno es que se mantenga bajo control. En 2018, este déficit fue de 22 mil md (1.8% del PIB), con un estimado para este sexenio similar al anterior (alrededor de 2.2% del PIB).

De manera complementaria, la deuda externa, que había sido uno de los grandes problemas económicos a mediados de los años ochenta (59% del PIB en 1986), hoy está en relativo control, ubicándose en 26% del PIB en 2018 y estimándose una proporción similar a lo largo de este sexenio. Aunque ha observado un ascenso importante desde su mínimo relativo de sólo 11% del PIB de 2007, está aún muy distante de su máximo histórico de 1986, además de que el país goza hoy de credibilidad macroeconómica y tiene posibilidades de refinanciamiento sin mayor problema.

 

México incurrió en una severa crisis económica en 1995. El gran déficit externo acumulado a 1994 se combinó con un problema de liquidez de la economía. En efecto, al cierre de 1994, las reservas internacionales ascendían a apenas 6,148 millones de dólares, equivalente a menos de un mes de importaciones y a sólo 1.2% del PIB. En términos de liquidez, el país prácticamente estaba quebrado y la consecuencia natural fue una devaluación y la crisis. Las cosas cambiaron radicalmente y, desde entonces, el Banco de México ha acumulado reservas de manera sistemática y hoy éstas ascienden a alrededor de 177 mil md, equivalentes a 4.5 meses de importaciones y 14% del PIB, muy cerca de sus máximos históricos. En parte, la liquidez de hoy representa la capacidad del país para defender al Peso y a la economía ante la eventualidad de un choque externo.

El equilibrio cambiario también es fundamental para un sano desarrollo de la economía. Técnicamente, el tipo de cambio debiera ubicarse alrededor de su nivel de equilibrio, teórico o de paridad. Cuando se aleja sistemáticamente de este nivel, usualmente generan desequilibrios en otros fundamentales de la economía. El último ejemplo claro fue la pérdida de competitividad cambiaria acumulada a 1994 (el Peso estaba sobrevaluado en 25% en 1993 y 20% en 1994), lo que originó un creciente déficit externo y la posterior crisis. Algo parecido se vio antes de la crisis de los años ochenta. Hoy, el gobierno cuenta con cierto margen de maniobra cambiaria, ya que el tipo de cambio promedió en 19.2 pesos por dólar en 2018 (teóricamente debió estar en 16.7 pesos), presentando un nivel de subvaluación de casi 14% en ese año, lo que explica, en parte, que el desequilibrio externo sea moderado. Si el tipo de cambio se mantiene alrededor de los 20 pesos en esta administración, entonces el Peso se mantendría subvaluado en alrededor de 11% en el sexenio, lo que significaría cierta ganancia en competitividad cambiaria por tercer sexenio consecutivo.

 

En general, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador recibe una economía en relativo orden o con desequilibrios moderados y manejables. Inclusive, el riesgo país de México se ubica ahora por debajo de los 200 puntos (EMBI+ JPM), lo que refleja, en parte, el orden que ha guardado la economía.  La gestión macroeconómica de las recientes dos décadas debe preservarse en este sexenio, como una condición necesaria para aspirar a una mejoría en el nivel de vida de la población. Los grandes retos de esta nueva administración no son los económicos, son más bien los de orden sociopolítico: corrupción, impunidad, crimen organizado, estado de derecho, instituciones, inseguridad, entre otros. Estos últimos son los que han inhibido la inversión, siendo ésta la causa fundamental del bajo crecimiento de la economía a largo plazo. Si este gobierno se concentra en resolver los temas sociopolíticos, en pocos años podríamos ver un repunte de la economía.

Inclusive, la inflación es hoy por hoy un tema resuelto, ya que el país experimenta un proceso de estabilidad de precios desde el año 2000, quedando como una de las grandes tareas económicas pendientes mejorar el ritmo del crecimiento económico, que por casi cuatro décadas está promediando sólo 2.2% promedio anual. Está claro que, cuidar los equilibrios de la economía ha sido una condición necesaria, pero no suficiente para que la economía crezca. La condición suficiente sería que el gobierno resuelva los temas sociopolíticos. Esto significa la urgencia por recuperar un ambiente propicio para las inversiones, los negocios y para los consumidores.

John Soldevilla|Chief Economist, Engenium Capital

John Soldevilla

 

Economista con Maestría en Planeación y Desarrollo por el CIDE, así como diversos postgrados en Econometría.
Catedrático por 19 años con más de 20 años de experiencia en el sector financiero.
Especialista en el monitoreo de la economía y el riesgo para las industrias.