Está concluyendo el sexenio del presidente Enrique Peña Nieto, y ha sido, en general, mixto con cierto sesgo positivo. Hace seis años, con un triunfo electoral que no dejó lugar a dudas ni protestas postelectorales como hoy, las expectativas eran muy grandes en materia económica y en otros ámbitos de la sociopolítica.

Muy pronto se lograron acuerdos vitales, como el Pacto por México, los que posteriormente se traducirían en la aprobación de reformas estructurales importantes para el país en distintos ámbitos: el de la energética, telecomunicaciones, competencia económica, hacendaria, financiera, laboral, educativa y de transparencia, entre otros.

Por las múltiples incidencias que tiene sobre el resto de la sociedad, uno de los temas más visibles y de mayor trascendencia es el que se refiere al crecimiento de la economía. Cuando el presidente Peña Nieto llegó al poder en un escenario positivo, que implicaba la aprobación de las reformas estructurales que proponía, la expectativa era que el PIB habría crecido alrededor de 4.5% promedio anual, una tasa ambiciosa que, de haberse cumplido, hubiera significado que el PIB del país ascendiera, en este 2018, aproximadamente a un equivalente de 1.6 billones de dólares.

La realidad ha sido distinta en tres vistas: Primero, el PIB nacional ha crecido solamente 2.4% promedio anual en el sexenio, casi la mitad de la meta propuesta. Segundo, el valor observado del PIB nacional es de 1.2 billones de dólares para 2018. Tercero, el PIB percápita es actualmente de 9,900 dólares, 25% inferior que los más de 13 mil dólares en que debiera estar bajo el escenario positivo propuesto. Estos son algunos de los retos fundamentales que deberá enfrentar el nuevo gobierno.

Aunque la economía general creció a la mitad de la meta deseada en el sexenio, el gran sector de los transportes, cuyo valor total de su PIB asciende a poco más de 72 mil millones de dólares para 2018, logró crecer alrededor de 3.7% promedio anual durante este sexenio, por arriba del 2.4% del promedio nacional, apoyado no sólo por la evolución del mercado interno, sino también por algunos avances en el comercio exterior.

El principal segmento de los transportes es el de autotransporte de carga, con un PIB poco mayor a los 36 mmdd, la mitad (50%) de los transportes totales. El segundo segmento es el de transporte terrestre de pasajeros, con un PIB de 24 mmdd y 33% del total de los transportes, de manera que, entre ambos, representan ahora 83% del transporte total, una fuerte concentración. Esta proporción ha cambiado levemente desde el 84% observado en 2012 (83% en 2008). El tercer segmento lo componen los transportes turísticos, transporte por ductos y los servicios relacionados con los transportes, con 6.1 mmdd. El cuarto segmento es transporte aéreo, con 2.8 mmdd. Los otros dos segmentos menores ostentan un PIB de 2.8 mmdd a 2018.

El balance sexenal para autotransporte de carga ha sido moderadamente positivo. No sólo es la industria relevante dentro de los transportes totales, sino que es la novena industria más importante del país, a nivel de las 134 industrias clasificadas por el INEGI. Su dinamismo ha sido relativamente moderado, al crecer a una tasa de 3.9% promedio anual durante el sexenio 2013-2018, mismo que habría sido afectado parcialmente por el moderado ritmo de las exportaciones, que durante el sexenio creció solamente 3.4% promedio anual, su tasa más baja desde hace más de cinco décadas y la mitad del sexenio anterior. Si la economía hubiera crecido a la tasa deseada del escenario positivo (4.5 promedio anual), esta industria probablemente hubiera crecido por arriba de 7% anual.

Durante el sexenio, el crecimiento de la industria del autotransporte de carga ha sido acompañado por un fuerte dinamismo del crédito de la banca múltiple destinada hacia la industria. En efecto, este crédito creció casi 20% real de promedio anual en el periodo 2013-2018, contra solamente 6.6% para la media nacional del portafolio comercial. De esta manera, por segundo sexenio consecutivo, el crédito al autotransporte de carga crece a tasas elevadas (13.0% anual durante 2007-2012).

A pesar de lo anterior, estamos ante una industria con un bajo nivel de apalancamiento, medido éste por el saldo del crédito de la banca múltiple como proporción de su propio PIB, mismo que se ubicó en sólo 4.5% en 2018 (el de la economía fue de 13.5%) vs solamente 1.1% en 2006 y 1.8% en 2012. Lo anterior significa que prevalece un extenso margen para que las instituciones financieras amplíen de manera significativa su exposición crediticia hacia esta industria.

Al buen incremento en el crédito, bajos niveles de apalancamiento le podemos sumar un nivel bajo de cartera vencida del 2.4% en 2018, vs. 1.3% en 2012. Aunque se ha duplicado en el sexenio, estos tres factores (dinamismo del crédito, bajo apalancamiento y baja cartera vencida) configuran un perfil de riesgo favorable para la industria. A los tres factores anteriores se suma el aceptable crecimiento productivo observado por esta industria durante el sexenio. Al final de cuentas, y por estos factores, el actual nivel de riesgo de esta industria es bajo y así se ha mantenido por ocho años consecutivos.

En la coyuntura reciente, aunque los precios de los combustibles continúan elevándose de manera significativa por segundo año consecutivo, la definición del acuerdo comercial de México con Estados Unidos y Canadá (el TLCAN renovado y ojalá no renombrado) garantiza en cierta forma la continuidad de la expansión de nuestro comercio exterior y la posibilidad de que la industria de autotransporte de carga se vea beneficiada por este hecho.

En suma, tras un balance sexenal positivo para esta industria, sus expectativas siguen siendo favorables en la medida que el mercado interno y nuestro comercio exterior sigan en ascenso.

*Esta columna se hizo en colaboración con John Soldevilla, Chief Economist de Engenium Capital.

*Esta columna se publicó originalmente en T21.

Juan Pablo Urruchua|CCO de Engenium Capital

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Juan Pablo Urruchua forma parte de Engenium Capital desde el 2016. Cuenta con una trayectoria de 17 años en General Electric, donde ocupó diferentes posiciones de liderazgo ejecutivo, como Managing Director y Chief Commercial Officer. Es Administrador de Empresas por el ITAM y con un MBA por el IPADE.