El año pasado, la economía mexicana enfrentó algunas dificultades que, al final del día, se manifestaron en una desaceleración del crecimiento del producto. En efecto, el PIB creció 2.1% en todo el año, por debajo del 2.9% observado en 2016. Sectorialmente, el principal factor de la desaceleración fue la caída de 0.6% observada por el sector industrial, mientras que el agropecuario y los servicios crecieron 2.8% y 3.1%, respectivamente. Por su importancia, al pesar más de 60% del PIB total, ha sido destacable que los servicios hayan sostenido cierto ritmo, lo que indica que, en general, el mercado interno creció a tasas aceptables.

Inclusive, por el lado de la oferta y demanda agregada, el consumo privado habría crecido cerca de 3% en el año; aunque observó una moderación con respecto al año previo, su avance ha sido fundamental para evitar que la economía se desacelere más. También ha sido fundamental el que las exportaciones de bienes y servicios hayan mantenido un ritmo aceptable, con un estimado de 3.5%, igual que el año previo. Sin embargo, en esta vista, la economía ha sido afectada por la caída de la inversión (-1.7%), su peor cifra desde 2013 (-3.4%), comportamiento que fue inducido por dos factores: una continua caída de la inversión pública y la incertidumbre derivada del proceso de renegociación del TLCAN.

Mientras la economía mexicana se desaceleraba en 2017, la de Estados Unidos apuntaba hacia un crecimiento cada vez más robusto, con una tasa de 2.3% en el año, superando al 1.5% de 2016. Lo anterior es muy importante porque ambos países están encaminados en un proceso de alzas en sus tasas de política monetaria. En Estados Unidos la FED sube su tasa porque el crecimiento económico cobra cada vez más fuerza, esperándose inclusive que en este año el ritmo sea superior a 2.5% (la inflación se mantuvo alrededor de 2%, que es la meta de la FED); en cambio, en México, las sucesivas alzas en las tasas de Banxico se dieron por el repunte de la inflación, que pasó de 3.4% en 2016 hasta 6.8% el año pasado.

Para este año, la FED podría subir su tasa de referencia desde el actual 1.50% hasta 2.25% al cierre de año, mientras que el Banco de México podría enfrentar un dilema, derivado ello de dos hechos: primero, la inflación habría empezado su fase descendente que la podría llevar hasta 4.4% al cierre de este año, por lo que no tendría sentido subir sus tasas; segundo, las fuertes alzas en tasas de 2016–2017 ya han resentido sus efectos sobre la economía, vía un menor crecimiento del PIB, una fuerte desaceleración del crédito, caída en las ventas internas, caída de la inversión, entre otros. En consecuencia, aunque la meta primordial de Banxico es contener la inflación, alzas adicionales a las tasas no sólo podrían mantener un elevado spread con la tasa de la FED, sino seguir afectando al crecimiento económico. Las decisiones de Banxico no deben ser completamente al margen del crecimiento; al final del día, la política monetaria forma parte de todo el entramado de la política económica, cuyos dos objetivos fundamentales son: crecimiento del PIB y control de la inflación, en ese orden.

John Soldevilla|Chief Economist, Engenium Capital

John Soldevilla

Economista con Maestría en Planeación y Desarrollo por el CIDE, así como diversos postgrados en Econometría.
Catedrático por 19 años con más de 20 años de experiencia en el sector financiero.
Especialista en el monitoreo de la economía y el riesgo para las industrias.